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¿Cuánto vale el corazón de las personas que amamos?

Cuando era niño, vi a mi padre pintando un carro. A mi corta edad no comprendía lo delicado de aquel trabajo; simplemente quise ayudarlo. Tomé un pincel, un frasco de pintura e intenté hacer lo mismo que él. Mi intención de ayudar terminó en un golpe en la cabeza. No sé cuánto daño le hice al carro, pero sí recuerdo cuánto me dolió aquella reacción. Guardé ese recuerdo durante años, hasta que Dios sanó mi corazón.

A veces sucede algo parecido en nuestros hogares o en la vida en general. Un hijo quiebra algo o nuestra pareja daña un objeto y reaccionamos con gritos, reclamos y ofensas. Nos preocupamos tanto por lo que se rompió que olvidamos cuidar el corazón de quien tenemos enfrente. Rápidamente dañamos ese corazón, creando heridas que podrían tomar años en sanar o incluso dejar cicatrices imborrables.

Lectura

19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; 20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. 21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Mateo 6:19–21, RVR1960

Los abuelos, en su sabiduría, siempre decían: «Lo material se repone». Sabias palabras. Un carro tiene reemplazo, una taza tiene reemplazo, un teléfono tiene reemplazo, pero el corazón de un ser amado no tiene reemplazo. Lo que hoy estás provocando en él podría ser una marca para toda su vida.

Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten.

Colosenses 3:21, RVR1960

Para reflexionar

¿Existe un carro, una casa, un teléfono o un reloj tan valioso que justifique herir a alguien que amamos?

La Biblia nos llama a cuidar nuestro trato: Colosenses 3:19 exhorta al esposo a amar a su esposa sin aspereza, y el versículo 21 advierte que nuestras reacciones pueden desalentar a nuestros hijos.

Podemos enseñar a cuidar las cosas y asumir responsabilidades sin humillar ni golpear. Antes de reaccionar, detengámonos. Y si ya hemos herido, pidamos perdón sin justificar la ofensa.

No hagamos que nuestra familia tenga miedo de cometer un error por temor a nuestra reacción. No hagamos que los seres que amamos piensen que para nosotros es más importante un objeto que ellos mismos. Ningún objeto vale más que su dignidad, su confianza y su corazón.

Oración

Señor, que mi apego a las cosas nunca sea mayor que mi amor por las personas. Ayúdame a corregir con paciencia, reconocer mis errores y cuidar los corazones que me has confiado. Amén.